¿Podrán volar tan alto?
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Subí a la terraza, vi sus mesas, sus plantas y la sombra de yute, el cielo azul con sus nubes finitas. Esa paz que se asemeja al canto de las aves.
En ese momento, creo que fue en ese momento, cuando el tiempo se detuvo.
Para llegar a la terraza debo manejar un buen rato, tomo la autopista, cruzo tres casetas y una carretera de uno y uno flanqueada por sembradíos. He pensado en tomar fotografías de mis viajes, de las casetas, de la recta que llega al puente, de los sembradíos, del muro interminable que resguarda el lago y de los autos.
Viajo en silencio.
De niño recargaba mi cabeza en la ventana de los camiones, el golpeteo del vidrio y el sonido del motor me arrullaban como las olas en la orilla en la nocturna de chopan, ja.
Era el ruido del mar, el golpetear de las olas para quien las conoció ya tarde.
Sopla el viento.
Los mirlos son silvestres como las flores que crecen a la orilla del camino. Pasan desapercibidas, salvo cuando oscurecen el cielo festejando con danzas y carrerítas.
Por otra parte, las cocoritas no. Viven en espacios reducidos, hacen viajes cortos, de la varita a alpiste y de vuelta a la varita.
Mientras escuchaba los trinos imaginaba a mirlos y cocoritas echando carrerítas a cielo abierto. Los mirlos serian los favoritos y las apuestas por las cocoritas correrían veinte a uno.
Irían del fondo de la calle al lote baldío y de vuelta rodeando el eucalipto para terminar frente a la terraza.
Me gusta subir a la terraza. ¿Podrán volar las cocoritas tan alto como los mirlos?