Trepidante
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El visitante

8/8/2025

Dice mi carnal que es el síndrome del impostor, que también a él lo visita de cuando en vez y que solo lo mira y le dice: —ah, eres tú, pásale. Lo escuché atento, tratando de reconocerme en sus palabras. —Mira, es como el parkour —continuó—, si tienes miedo, volteas y piensas: un elefante, y haces el salto.

Me lo imagino a él, con el sol en la frente, las gafas oscuras, saltando desde una altura considerable a un espacio reducido, un solo intento, la adrenalina, caer.

¿Qué es aquello desconocido a lo que temo? ¿Mi sombra? En este punto no sé cómo integrarlo, es como si estuviera dibujando un rostro plano con un bolígrafo, cuatro palitos, casi perfectos, del mismo tamaño, paralelos, en direcciones transversales en sus vértices. ¿Una dimensión segura? Sin volumen ni sombra, ajustándose lentamente desde sus vértices ¿Este soy yo? ¿sin sombra? ¿sin dimensiones, limites, cualidades espaciales, errores?

Una imagen sin vida, como enunciar buenos días aquel día que te lleva el diablo. Como decir: qué rico te quedó, cuando sabes que es mentira.

¿Pero ya lo hacías y lo hacías bien? Trato de convencerme, de darle marcha a los ecos de memoria, rack, rack, un giro y otro más; están atascados, parvadas de dudas se arremolinan sobre estos esfuerzos para postrarse después a murmurar carencias.

Vienen varias ideas: aquel diploma por aprovechamiento de sexto de primaria, estaba feliz, pensé que todo había terminado, un logro, las risas, jugar fut con un frutsi. El día que nos entrevistamos con Tovar en aquel palacio de la Condesa, donde le confesamos nuestro más grande temor entonces, a lo que respondió con certera ironía, desencajando de un zas cuás las costras ennegrecidas. El escapulario que llevo conmigo, que reza con el rostro del Gus: “Échele ganitas, mi Jos”. Por alguna razón no es suficiente.

Y de eso quiero hablar: del vacío, del no ser y de sus infinitas posibilidades, de lo que nunca seré, como en aquella canción de Sabina.

Es en el vacío donde hay espacio para todos los errores, para los fracasos, para los almendros que no dieron frutos.

¿Me da tanto miedo habitar el vacío? Hay una metáfora budista que hace referencia a la neblina como un espacio que atravesamos, que es temporal e inherente a nuestra existencia.

Desde aquí mi alrededor existe, el miedo no; aun así, lo invoco, como si viviera entre el deseo de que el miedo cesara y tirarse del miedo para traerlo a mi presencia.

También dijo mi carnal que lo primero que hacía cuando el síndrome del impostor era nombrarlo. Me imagino a un enorme monstruo que grita a la puerta e intenta derrumbarla; entonces conoces su nombre, lo mencionas tranquilamente y le dices: ya voy. Y abres la puerta y lo miras, miras sus rasgos de monstruo, miras sus fauces de monstruo, miras su dimensión colosal: —pasa. No lo enfrentas, no corres despavorido ni te ocultas; dejas de temerle y lo invitas a entrar.

¿Cómo va todo?, siéntate, debe estar exhausto, casi la tiras con todo y marco, ¿cómo estás?, debo darte unas llaves.

Deseo que funcione.